Por José A. Scheifler
Analizar la coyuntura económica argentina a través de la facturación nominal de los supermercados es, a esta altura, un ejercicio de cinismo estadístico que solo sirve para alimentar los discursos oficiales de una realidad paralela. Mientras las pizarras de las cadenas nos agolpan con cifras billonarias que parecen indicar un dinamismo vibrante, el análisis realizado para esta nota —procesando manualmente una serie histórica que el INDEC ha dejado de publicar de forma deflactada para el total del rubro— revela una verdad inobjetable. El volumen de ventas de enero de 2026 se encuentra en una meseta de estancamiento estructural, operando un 21,5% por debajo de los niveles de 2017. No estamos ante un simple cambio de hábitos por elección, sino frente a una contracción violenta de la demanda agregada que ha transformado la góndola en un objeto de lujo inaccesible.

Fuente. Elaboración propia en base a INDEC
Desde el rigor técnico, la serie estadística evidencia una pérdida de funciones del peso como unidad de cuenta y como reserva de valor, un fenómeno que la tecnocracia actual pretende disfrazar de modernización financiera. El derrumbe del efectivo, que hoy apenas representa el 17,1% de las transacciones totales, no es el resultado de una digitalización virtuosa impulsada por el progreso técnico, sino una respuesta defensiva de un consumidor acorralado. Ante una moneda que se deprecia por horas, la liquidez se refugia desesperadamente en fondos comunes de inversión de billeteras virtuales hasta el milisegundo previo al pago. Esta eficiencia digital es, en realidad, el costo de transacción que paga el laburante para mitigar el impuesto inflacionario; es el tiempo de vida invertido en gestionar una supervivencia que el sistema ya no garantiza.
Sin embargo, el dato más alarmante y que describe con crudeza el ADN del modelo es la financiarización de la subsistencia diaria. Con un 43,1% de las ventas canalizadas a través de tarjetas de crédito, el sistema ha logrado desplazar el financiamiento —que históricamente se destinaba a bienes de capital o inversión patrimonial— hacia el consumo corriente de alimentos básicos. Estamos asistiendo a una perversión del crédito.La familia argentina ya no tarjetea el televisor o las vacaciones, hoy hipoteca el salario del mes próximo para poder garantizar la proteína de esta noche. Se está privatizando el bienestar a través de una deuda doméstica que actúa como un parche precario sobre un poder adquisitivo que se desangra frente a la desregulación de los precios de la canasta básica.

Fuente. Elaboración propia en base a INDEC
Al cruzar la evolución del Índice de Salarios contra el IPC de Alimentos, la brecha deja de ser un dato estadístico para convertirse en un drama social.Mientras los precios de la canasta básica escalaron por el ascensor de la desregulación hasta los 9.200 puntos índice, el promedio de los ingresos —castigado por la licuación del sector público y la miseria del sector informal— quedó pedaleando en el barro de los 7.000 puntos.Esta brecha de más de 2.000 puntos es el ajuste invisible que sostiene el superávit. Se paga con menos comida en la mesa y más intereses en la tarjeta de crédito. La economía no puede crecer si el motor, que es el consumo, está fundido por un modelo que solo cierra con salarios de miseria.

Fuente. Elaboración propia en base a INDEC
Este escenario de asfixia no es el producto de fuerzas naturales del mercado ni una consecuencia inevitable de un ordenamiento fiscal necesario, sino el producto de un diseño macroeconómico que ha elegido al consumo masivo como la zona de sacrificio para sostener la solvencia financiera de los sectores más concentrados. En un país donde la pobreza se ha consolidado como un dato estructural, hablar de libertad de precios mientras el volumen de leche y carne en el changuito retrocede a niveles de hace décadas es una abstracción iluminista que colisiona con la realidad de las mayorías. La economía no se gestiona con algoritmos de ajuste que cierran en el Excel, pero expulsan a la gente del sistema; se gestiona con soberanía productiva y con la firme convicción de que no hay equilibrio fiscal que valga sobre el hambre de los argentinos.
La política debe recuperar su capacidad de planificar el desarrollo y de intervenir sobre la formación de precios, o resignarse a ser la administradora de una escasez que ya no se puede ocultar detrás de los ceros de un ticket de supermercado. Sin una recuperación elástica y urgente del salario real, y sin un esquema de crédito que vuelva a incentivar la inversión en lugar de la compra de fideos, el supuesto éxito del modelo será solo la crónica de una Argentina ordenada para el mundo financiero, pero quebrada en el mostrador de cada barrio.
Nota metodológica: Los datos utilizados en este artículo corresponden a la Encuesta de Supermercados del INDEC. Ante la discontinuidad en la publicación oficial de la serie a precios constantes por parte del organismo, se ha realizado el procesamiento técnico propio, deflactando las ventas nominales mediante el Índice de Precios al Consumidor (IPC) acumulado para el período enero 2017 – enero 2026.
Lic. en Comercio Internacional- UES 21- Mat. Prof. CPCEER. 16007. BBA. Developpement et pilotage Commercial – Ascenscia Business School, College de Paris. Magister en Educación – UNLP
