Por Zul Bouchet
Y murió en la tarde mientras había sol, y yo tenía el convencimiento de que la muerte era una figura siniestra que daba sus golpes en la oscuridad de la noche.
Antonio Di Benedetto
Los verdes, los ríos que atraviesan, la paz que se habita, las risas fáciles. Es sencillo describir el suelo entrerriano sin nombrarlo. En general su identificación tiene características puntuales: tranquilidad, amabilidad, calidez. No había, hasta hace un tiempo, asociaciones tan directas como decir ahora: suicidio.
Otro gurí, otro, y otro más. Lo que parecía lejano se vuelve una sombra que se pega a los talones. De repente no es distante, es vecino, es el amigo de tal, el sobrino de aquel, una cara que se cruza diariamente. ¿Y qué pasó? ¿Qué le pasó? Es difícil pelearle a los morbos en la decadencia que perpetran las redes sociales. Es complejo frenar las intrigas crueles cuando un comentario demora menos que un suspiro. Cuando no termina de comprenderse, que el problema no está en otro lugar, que le estamos cebando unos mates.
Las estadísticas le dan seriedad a una realidad que se sigue mirando desde miedos y prejuicios. A nadie le falta nunca una buena razón para suicidarse, escribió Pavese. Aprender a reconocer señales, ponerle nombre, hacerse cargo, involucrarse, puede ser un paso indispensable.
Los porcentajes estremecen
Los datos epidemiológicos del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) y del Ministerio de Salud ponen en evidencia la magnitud de una problemática que excede lo individual. Durante el año 2025, la Argentina alcanzó un récord histórico de 5.209 muertes por suicidio, situando la tasa nacional en 11,8 casos por cada 100.000 habitantes. Este indicador supera holgadamente el promedio global de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y consolida una tendencia ascendente en la región. En este contexto, la provincia de Entre Ríos presenta un escenario sumamente crítico al encabezar el registro del país con una tasa de 20,8 cada 100.000 habitantes, duplicando con creces la media nacional.
La escalada de las cifras en el territorio provincial da cuenta de un crecimiento sostenido e inquietante de un período a otro: en 2024 se contabilizaron 247 suicidios consumados en Entre Ríos, un número que experimentó una curva ascendente durante 2025 hasta bordear los 300 casos anuales. Esta aceleración del fenómeno no se distribuye de manera uniforme, manifestando picos de alta densidad en pequeñas comunidades como San José, que registró 16 fallecimientos entre 2024 y 2025, una cifra devastadora para una localidad de poco más de veinte mil habitantes.
Al desglosar las variables demográficas, el análisis revela patrones de vulnerabilidad específicos que exigen una lectura más profunda. A nivel nacional, el 78,6% de los fallecimientos corresponden a varones, concentrados mayoritariamente en la franja etaria de 18 a 34 años. Sin embargo, Entre Ríos presenta una singularidad alarmante respecto a otros distritos: un crecimiento constante en los índices correspondientes a mujeres, acortando la brecha histórica entre géneros. La estadística provincial evidencia además que las mujeres constituyen la población con mayor registro de intentos de suicidio y autolesiones. Que la tasa de consumación sea significativamente más alta en los varones suele responder a la viabilidad y violencia de los métodos empleados, un factor estrechamente ligado a los patrones culturales y mandatos de género donde la letalidad y el silenciamiento de la vulnerabilidad operan como condicionantes trágicos.
El contexto no da lo mismo
El intento de buscar respuestas a las muertes inesperadas (o sorpresivas) es inevitable. Las ausencias están repletas de preguntas, dudas y culpas. Se repliegan en posteos, en análisis de los últimos gestos, en comentarios sobre actitudes y “podríamos”, “quizás sí”, “deberíamos”. Ideas de construir respuestas: tarde. Siempre tarde, cuando la silla vacía es parte de la mesa que se ocupa.
Y en esa búsqueda de contestar premisas inconclusas, sumida a motivos individuales, queda exento el rol del colectivo. Único medio que puede brindar respuestas, soluciones, ayudas certeras. El suicidio es multicausal, por ende, ningún sujeto tiene un único motivo para autodeterminar el fin de su vida. Esa cuestión parece haber sido entendida, o al menos, replicarse más fácilmente entre quienes se atreven a frenar los linchamientos y los prejuicios virtuales.
Claro está, desde lo individual no hubo ni habrá manera de encontrar a la razón. Hace unos días leí que la pregunta central para afrontar la problemática debe cambiar: ya no cabe preguntarse por qué una persona decide quitarse la vida, sino ¿qué ocurre en los territorios para que los dolores se manifiestan de la manera más cruda posible? Nos une la desgracia de existir, cantaría Chano.
Ocurre que los territorios también enferman cuando el futuro se vuelve una quimera. Para la juventud entrerriana, el dolor no nace de una abstracción: se cultiva en la falta de horizontes claros, en el desempleo, en la precarización que no deja proyectar ni la semana que viene, y en el quiebre de esa promesa histórica de que el esfuerzo traería estabilidad. Cuando la vida se reduce a una supervivencia inmediata y la época impone que cada uno debe arreglárselas solo, el agotamiento no tarda en llegar. El contexto abruma porque a la incertidumbre económica se le suma la soledad de no encontrar espacios donde refugiarse.
Entender el territorio es asumir que ningún gurí se quiebra en el vacío, sino en una cancha donde las condiciones de juego están severamente dañadas.
No habrá salida sin reacción colectiva
Para encontrar respuestas, para brindar ayuda, para pensar soluciones, para contener, para calmar los dolores: es urgente el colectivo. Señalaba el Indio antes del final, que en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida. Hablar de nuestro territorio es hablar de resistir, de construir, de tejer redes. El argentino es solidario de por si, el entrerriano suele dar más de lo que tiene. ¿Qué pasa entonces? ¿Por qué los gurises se van así?
Reconocer que esta crisis, que estos números aterradores, son parte de la dimensión colectiva y no solo de las singularidades, es fundamental y en lo absoluto se trata de quitar responsabilidades. El Estado debe encargarse de muchas cosas, no debería ser necesario recordarlo. Así también, poner el cuerpo y asumir que en ciertas cuestiones el lazo social tiene un rol con poderes similares: es igual de necesario.
Mientras se exige respuestas estatales, políticas públicas efectivas y efectores de salud que den respuestas (con herramientas y, en lo posible, un personal no sobreexplotado), algo debería hacerse. Algo deberíamos hacer. ¿Poder? Siempre se puede.
Volver a habitar los espacios sin leer la fragilidad como fallas, sin poner vergüenza a los padeceres. Responder con colectividad al individualismo. Contrarrestar el “sálvese quien pueda” con escucha y presencia. Aprender a poner la oreja y no querer ponerse los mismos zapatos, porque en un par solo cabe uno. Estar, preguntar, sostener.
La reconstrucción de la trama social puede romper definitivamente con la complicidad de la morbosidad virtual. La ternura no es ingenua aunque a veces se le parezca mucho. Es la única trinchera concreta para que las existencias rotas tengan ganas de repensar sus futuros. Para frenar los índices hay que hacerse cargo.
