Prevención del suicidio: ¿qué pasa cuando termina el trend amarillo?

Sep 23, 2026 | OPINIÓN

Se va septiembre y se comienzan a reducir los posteos vinculados a la Salud Mental. Un gran logro, entrar a redes y encontrar listones amarillos por doquier es, aunque parezca insignificante, un paso importante para que el tabú se empiece a reemplazar con la prevención del hablar. Pero, ¿qué pasa cuando las fechas se pasan? ¿qué pasa cuando toca otro trend?

Los padeceres nos acompañan tanto en lo cotidiano que terminan, un poco, naturalizados. Cuesta mucho observar detalles cuando los reels no nos atormentan. Claro está, a este mundo no le servimos cuidándonos entre nosotros por ende el changüí de observarnos tiene fecha fija. Después nos vuelve a empujar a la individualidad de producir y pensar únicamente en nuestro YO.

En la cotidianidad no es cómodo el dolor ajeno, nos asusta, nos espanta, nos detiene en un sistema que nos quiere activos permanentemente. Y hay dos lógicas que operan como verdades: la fantasía heroica de creer que con esfuerzo podemos “salvar” a todos y la comodidad contemporánea de soltarle la mano a cualquier cuestión que demande un poco de energía extra.

Es verdad que nadie puede cargar sobre sus hombros la pulsión de vida de otra persona. Pero entre pretender ser el héroe de alguien y retirarse por pura incomodidad, hay un territorio inmenso donde el cariño tiene que pesar más que la pereza. En una época signada por la desconexión y el aislamiento, el aguante puede ser un salvavidas o un puente hacia el pedido de ayuda.

Quizás ahí vale hacer una pausa y preguntarse, desde la honestidad, ¿de dónde viene el cansancio? ¿El vínculo está agotado o hubo un cambio en el otro que nos expulsó? ¿Cuál fue el punto de quiebre que nos dejó sin mates, sin salidas, sin mensajes?

Cuando irrumpe el malestar psíquico, el sufrimiento no siempre se viste de tristeza melancólica, muchas veces se muestra como un desborde, una queja que se repite o un encierro que parece rechazo. Confundir la distancia de quien sufre con falta de interés es el camino más rápido para dejarlo solo en la estacada. Quizás nos hace falta pensar un poco más en nuestras distancias.

Camus retrata en el extranjero a un hombre que se suspende en su propio aislamiento mientras ve como toda la vida y la suerte, pueden decidirse, “sin su intervención”. Cuando alguien se hunde lo primero que pierde es la soltura para pedir ayuda o para sostener la amabilidad de la vida diaria donde no encuentra nada esperándole. Revisar las distancias y aprender a bancarse el desgaste cuando la prioridad es que el otro recupere el aliento, no es sencillo. Escribía Delphine de Vigan en las gratitudes: la dignidad verdadera de un vínculo no consiste en dar discursos ni en exigir que el otro se ponga bien ya mismo para reconfortar nuestra propia ansiedad, es simplemente permanecer, sentarse a su vera, agarrarle la mano.

No tener a nadie a quien decirle “ya regresé”, decía Barthes, es la peor parte de la soledad. Para quien atraviesa un abismo, saber que del otro lado hay alguien que no se asusta, que no juzga y que no se va al primer portazo, cambia todo. No se trata de sobrecargarse de culpa ni de asumir roles de terapeuta que no nos corresponden, pero está bueno poder pensar si el cariño tiene el suficiente tamaño para que la comodidad no nos paralice.

Nadie está obligado a salvarle la vida a nadie, ni mucho menos, a quedarse donde no quiere. Pero una actualidad que empuja a no interesarse por el otro, debería ser un incentivo para cuidar los lazos que nos rodean. Capaz no le erraban las abuelas cuando usaban el: hoy por vos, mañana por mí. El encuentro sincero es un gran antídoto para aflojar las angustias.

La prevención del suicidio no puede ser responsabilidad exclusiva de un sistema de salud que colapsa entre tanta demanda, que trabaja con recursos escasos y salarios demasiado precarios para la importancia de su labor. No puede ser responsabilidad exclusiva de profesionales agotados, sobreexigidos, cargados con obligaciones y con un sistema económico que no les colabora en la vida ni en las tareas. Si no hay redes que alojen, ni acompañen, fuera de sus paredes institucionales: no hay freno. La prevención debe mezclarse en las grietas de lo cotidiano: el barrio, el trabajo, el aula, el club, los amigos, la familia. La prevención está en la elección de no ser indiferente. Quizás un día septiembre será amarillo por sus flores y no por sus pérdidas, pero todavía nos falta. ¿Qué pasa cuando termina el trend? Prevenir es involucrarse.